Fuente: www.pildorasdefe.net

San Valentín fue un sacerdote de la Iglesia Católica que arriesgaba su vida para casar cristianamente y en la clandestinidad, a todas las parejas durante el tiempo de persecución, y luego les regalaba flores.

Fue arrestado y enviado por el emperador al prefecto de Roma, quien al ver que todas sus promesas para hacerlo renunciar a su fe eran ineficaces mandó a que lo golpearan con mazas y después lo decapitara.

El emperador Claudio II, llevado de su ira contra los cristianos, dictó una orden mediante la cual todos tenían que adorar a las 12 divinidades del Imperio. Quien no lo hiciera, sufriría el martirio.

Tan bruto era este mal emperador que llegó hasta prohibir lo más natural que existe en el mundo: el amor entre los humanos: ¡El Matrimonio! No quería bodas sino soldados para defender los espacios amplios de su imperio. Nada de casados. Quería solteros y sólo solteros.

Ante estas circunstancias inhumanas, San Valentín, Sacerdote y Obispo de Interamma, no tuvo miedo en confesarse creyente, y viendo tal necesidad de bendecir las santas uniones en el nombre del Señor, se entregó por entero a las parejas.

San Valentín y el matrimonio.

San Valentín visitaba a las parejas de enamorados en secreto para casarlos lejos de la mirada de los crueles súbditos del emperador. El sacerdote consideró que el decreto era injusto y desafió al emperador.

Celebraba en secreto matrimonios para jóvenes enamorados (de ahí se ha popularizado que San Valentín sea el patrón de los enamorados)

La voz de San Valentín corría como el viento por las orillas del Tibet y de las colinas romas. Los jóvenes, valientes y decididos a formar una familia, acudían a él para recibir el sacramento.

San Valentín les hablaba a las parejas, les escribía cartas de amor y con su simpatía y su bella juventud, se traía de calle a todos los enamorados.

Claudio II y su policía vigilaban sus andanzas. Y, enterados de que era creyente en Cristo, le mandó llamar para que adorase a los dioses falsos romanos. Al negarse, le envió al martirio lento: paliza, pedradas y decapitación.

Los milagros de San Valentín.

Mientras San Valentín estuvo en la cárcel esperando su muerte, un carcelero llamado Asterio, se dio cuenta de sus buenas cualidades.

Le presentó a su hija Julia, que era ciega de nacimiento. San Valentín le enseñó las primeras letras, los rudimentos del saber y, por supuesto, le habló de Dios. Le dijo a la niña que orase a Dios para que le diese la vista.

En un momento determinado, le cogió la mano a San Valentín y le dijo: ¡Yo creo, yo creo! La luz de la prisión le entró por sus inocentes y maravillosos ojos. El, viéndola feliz, le dijo que mantuviera su fe por encima de todo.

El Carcelero Asterio y su esposa, conmovidos, se arrojaron a los pies del Santo, pidiéndole el Bautismo, que recibieron, juntamente con todos los suyos, después de instruidos en la fe católica.

El emperador se admiró del prodigio realizado por San Valentín y de la conversión obrada en la familia de Asterio; y aunque deseara salvar de la muerte al presbítero romano, tuvo miedo de aparecer, ante el pueblo, sospechoso de cristianismo.

Y San Valentín, después de ser encarcelado, cargado de cadenas, y apaleado con varas nudosas hasta quebrarle todos los huesos, se unió íntima y definitivamente con Cristo, a través de la tortura de su degollación.

El amor de este santo sacerdote por Jesucristo y por defender el Sacramento del Matrimonio nos inspira a elevar el amor humano a las alturas del amor divino para el cual fuimos creados.

Los cristianos debemos aprovechar esta fiesta para recuperar el sentido cristiano del amor y del matrimonio.

¡Feliz día de San Valentín!

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